Por Alfredo Zaldúa

Desde mi modesta posición de observador nunca llegue a entender del todo porque hay campeonatos, especialmente los que se juegan en series y posteriormente en llaves eliminatorias, donde ante igualdad de puntos se apela a los goles (diferencia, mayor valor de estos cuando son de visitante, etc.) como elemento relevante para definir clasificaciones y cuando tocan los correspondientes a la final este sistema queda sin efecto. ¿Por qué no se aplica igual régimen de principio a fin?

Es razonable suponer que si los finalistas llegaron hasta allí, hasta pudiendo haber avanzado por obra y gracia de contar con la mencionada bonificación de la diferencia de goles o el valor extra que en la ocasión pudieran haber tenido el o los convertidos de visitante, con igual razón debería ser aplicable en el trance superlativo de la dilucidación del máximo galardón.

No discuto que hay resultados, sobre todo cuando en determinadas fases resultan extremadamente abultados, que se estipulan como poco comunes, o que no marcan la verdadera diferencia entre los eventuales rivales, o a que un mal día lo puede tener cualquiera o a que hay partidos que se dan. Pero tampoco hay que desechar esos argumentos como  determinantes para cuando se disputa una serie u otra clasificación donde esas contingencias tienen el mismo peso y, sin embargo, llegado el caso, se aplican en la resolución de quien sigue y quien se queda por el camino.

No es menos cierto que antes de empezar, ya todos saben las reglas de juego pero no por eso la manera de zanjar las finales deja de ser inaudito.

Para hacerla corta, remitiéndonos en el caso puntual a la reciente final por la Copa Nacional de selecciones sub 18, entraría en el calificativo de barbaridad que Colonia después de haberse impuesto 7 a 0 como lo hizo  en la revancha con Salto, por el contrapeso –insignificante llegado el caso- del 1-2 del cotejo de ida, el azar de los penales y aún dentro de lo más estricto del reglamento, en ese andar por el pretil de la incertidumbre siempre viva en esta clase de definición lo hubiera dejado sin el título de campeón. En este caso y sin pretensión de animosidad alguna para con los gurises de Salto, afortunadamente los de “la rojita” demostraron estar también afinados en la puntería para terminar poniendo las cosas en el debido lugar contra una selección que además llegó a esta instancia por una no muy clara decisión de escritorio donde los propios jugadores –salteños en el caso- sin ser responsables de esa decisión, los gestores (dirigentes) del supuesto logro lo deben haber considerado un premio.

Tampoco hay animosidad personal hacia las autoridades sino como siempre aclaro, porque las malas interpretaciones están a la orden del día, no hay otra pretensión de brindar otra, compartida o no, visión objetiva. Si hablamos de resultados imprevistos donde por lo general son las goleadas las tomadas como poco corrientes también hay resultados apretados e iguales de fortuitos. Se me ocurre, como se dieron las cosas, que aquí lo accidental fue el 2 a 1 de Salto por tanto insisto, reglamentariamente válida pero no por eso menos, tras los hechos inmediatos posteriores,  injusta habría sido la corona en los salteños. T

ampoco es potable este sistema como fórmula de no quitarle interés a la revancha si ocurriera una diferencia holgada en el partido de ida (situación inversa a esta), suponiendo que esa sea la intención. A la hora de analizar un resultado se habla de justo o injusto tomando en cuenta los merecimientos. Estos a veces coinciden y a veces no y de poco valen donde la única medida de justicia real –determinantes para ganar o perder- son los goles. Por tanto este ejemplo, tan fresquito, como tantos otros y sin necesidad de diferencias tan abultadas, reaviva de cara a un futuro que ya se debe tomar como hoy, la inquietud de, hasta por principios de sentido común,  creer en la necesidad de que en O.F.I., se reconsidere –y corrija- esta confundida forma de equidad. Por fuera de los detalles aleatorios puntuales dados en este caso, que se haga en nombre de la medida más exacta que  la justicia futbolera tiene para establecer a un ganador: el que hace más goles.

 

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