Ética. Divagues desatados

por Alfredo Zaldúa

Visión del arte y el artista

El arte propiamente dicho, debe tener como irremplazable materia prima la esencia espiritual de quien lo concibe y en ella, toda la pureza plasmada desde el interior más profundo, la desnudez expuesta del auténtico artista. Donde el protagonismo y la competencia, los celos y el egoísmo, el narcisismo o la apariencia, no tienen cabida. Sin especulaciones.

El Arte o el ser artista, no debe ser sólo una demostración de habilidad, de capacidad creativa, de poseer aptitudes, de regodeo con el aplauso como objetivo principal. Este último podrá llegar a ser una consecuencia nunca un objetivo. No es una cuestión de estatus o de moda. La autenticidad se valida a través de ese ser reflejando su existencia cotidiana en su fraguado artístico y viceversa.

Esto, referido al hecho en general, no afecta al tema, estilo, técnica o forma, que se afronte o se emplee. Lo que si habrá de perturbar es la falta de lealtad entre la prédica y la concepción. Para admitirlos genuinos, a uno y a otro, no pueden confrontar entre sí el decir y el hacer. Son inexcusables las diferencias entre el arriba y el abajo. El arte transfiere al artista el compromiso ético de mutarse él y su obra en una pieza indivisible.

Lo estético no debe segregarse de lo ético. De lo contrario, siempre dicho desde mi sentir y ver, la creación, cualquiera sea, no dejará de ser una hábil falsedad encubierta, demagógica, decorativa o efímero esparcimiento. En cuestión, este personal punto de vista, a lo largo y a lo ancho, se me ocurre válido para la vida misma.

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