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Alberto Olmos: La voz que nos unió, el maestro que nos marcó
Se fue un guerrero
Hoy nos toca despedir a un grande, de esos que dejan una huella imborrable no solo en el micrófono, sino en el corazón de cada persona que tuvo el privilegio de cruzarse en su camino. Se nos fue Alberto Olmos, pero lo que nos dejó exige ser recordado con la misma pasión con la que él vivió.
Hablar de Alberto es hablar de la historia misma de la comunicación de Florida. Sus primeros pasos en la mítica Nueva Radio, pegado a Gerardo Macaya poco después de aquella inauguración histórica de Pastorini en agosto del 76, ya demostraban de qué madera estaba hecho. Eran épocas de puro pulmón, de viajar en camiones lecheros para grabar partidos y prepararse, con la ilusión intacta, por si algún día tocaba el turno de salir al aire. Y vaya si le tocó. Transmitió en radios capitalinas, recorrió América y llevó la emoción del fútbol a miles de oyentes que vibraban con su relato.
El hombre detrás del micrófono: Laburo, fútbol y generosidad
Pero Alberto era mucho más que esa voz inconfundible. Fue el panadero que construyó un imperio desde aquellos comienzos con Laufer, convirtiéndose en un referente indiscutido del oficio para cualquiera que quisiera aprender. Cómo olvidar la camiseta de Quilmes en aquel Campeonato del Interior, luciendo con orgullo sus letras rojas y su publicidad. O aquella camioneta en la que nos cargaba a todos para ir a jugar amistosos a donde fuera.
Cuando vinieron las malas, Alberto no se escondió. Salió a sacar pecho hiciera frío o calor, con esa entereza que lo caracterizaba. Tenía una memoria prodigiosa, de esas que no se pierden nunca; te recordaba al detalle tus años de golero en Mendoza y después en Peñarol, o la fecha exacta de aquel debut de Florida en Colonia, el día que, casi sin quererlo, me metió de lleno en el mundo de la comunicación. Aunque, nobleza obliga, hay que decir que en esa memoria prodigiosa me quedaste debiendo un gol: te acordabas de los goles de todos, menos de los míos… Bueno, la verdad sea dicha, era porque yo era un «patadura» y no merecía los halagos de esa voz privilegiada e imborrable.
El destino y la vida nos volvieron a cruzar de la mano de la radio. Cuando Ruben Mario me invitó a hacerme cargo del fútbol en la emisora, no dudé: pasé un breve lapso y lo fui a buscar. Lo que siguió fueron años de un aprendizaje invaluable. El que no aprendió con él y con Macaya, simplemente no pasó por la radio.
Anécdotas, risas y un legado eterno
Más allá del trabajo, nos quedan los domingos. Esos momentos compartidos en el «Chorizo Sonriente», donde cantábamos, nos reíamos y, por qué no, también lo hacíamos enojar… porque admitamos que a él le encantaba buscarnos la lengua para que eso pasara. Estuvo en todas, incluso en la reapertura del «Leguisamo», impulsando con esa energía única, aunque después no le tocara la parte que en justicia le correspondía por su iniciativa. Siempre estuvo ahí: vinculando, relatando, produciendo y enseñando tanto lo bueno como lo malo de la vida.
En enero de 2025, la noticia de su enfermedad nos paralizó a todos. Menos a él. Alberto la luchó con una esperanza renovada, con el sueño intacto de volver a relatar, al punto de tener ya la fecha fijada para operarse de la vista. No se rindió nunca.
Hacia la posteridad
Para la posteridad quedarán sus frases, sus dichos espontáneos y aquellos tan pensados. Este cambio de dimensión, esta partida a un lugar mejor, jamás va a borrar el camino recorrido. Ese mismo camino que se le reconoció en vida, de forma tan merecida, en el hall del Estadio por sus 50 años de trayectoria como relator.
Alberto: tu camino seguirá iluminando nuestros pasos, tal vez con algún «amarillo» del que te bajabas cada fin de semana. El tiempo, que es el mejor juez, te colocará en el lugar que tanto te merecés en la radiodifusión. Porque tu paso por este mundo no fue en vano.
Hasta siempre, Maestro.
Foto de portada con Isidro Rocca, otro gran amigo con el que se volverán a juntar .


