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#CopaOFI. Las penas son de nosotros y las culpas son ajenas

Cuando los jugadores pagan los platos rotos

Haciendo una observación sobre las funciones básicas que dentro del ámbito del fútbol corresponden a cada uno de los que de una forma u otra se vinculan a él es sabido que varias son las puntas que dan forma a su madeja. Pero la intención que nos ha llevado a concebir este artículo no es hacer un recorrido por todas sus partes sino la de detenernos sólo en dos de ellas.
Una cuya prioridad no ofrece dos opiniones diferentes: El jugador.

Ese que es de suponer lo que quiere es jugar siempre y, se entiende, dentro de las normas que regulan su función y que como tal debe respetar o de lo contrario debiendo asumir sus consecuencias.

Impotencia e indefensión aprendida de los jugadores

La otra que en este intento de reflexión nos lleva a prestar nuestra atención es el dirigente. Ese que se supone honorariamente quita muchas horas de su día para ocuparse de atender la parte organizativa de la actividad futbolística formal. En esa tarea se encierra una diversidad de vasos comunicantes cuyo conocimiento no escapa a ningún aficionado atento por lo tanto no vamos a hacer una descripción pormenorizada. Sólo decir que por más que toda esa dedicación sea por amor a la camiseta no lo exime de las responsabilidades que hacen a su quehacer por la sencilla razón que de eso se trata su labor, innegablemente sacrificada pero labor al fin sin que nadie les ponga un revólver en la sien obligando a desempeñarla a quienes no lo deseen.

El jugador tiene el compromiso de cumplir con todo lo atinente al desempeño como tal sin recaer sobre él la obligación de conocer aspectos reglamentarios que se hallan por fuera de lo conexo al juego en sí mismo. Todas las leyes ordenadas que van más allá de las reglas del juego del fútbol propiamente dicho deben ser atendidas por el dirigente como especie que también se hace cargo de crearlas con la lógica de cumplir con una acción organizada.

Mattiauda paga los platos rotos

A qué viene todo esto. A lo ocurrido con los jugadores de la selección sanducera Ricardo Mattiauda y Gonzalo Ángelo incluidos antirreglamentariamente en el partido revancha Paysandú – Salto por la semifinal de la Regional Norte Litoral. Aunque ya es sabido igual recordamos que la infracción consistió en haber jugado en su selección a la vez que se había concretado su pase para el club Porongos de Trinidad, trámite que fue ejecutada por la Liga sanducera y avalado por O.F.I.

Nadie discute la existencia del toque reglamentario –a revisar para el futuro– prohibiendo realizar este tipo de transferencias a jugadores que estén inscriptos para jugar por la selección hasta que esta se halle en competencia. Para hacerla fácil la falla consiste en que estos jugadores jugando por Paysandú a partir del pase pasaron a pertenecer al fútbol minuano. Es un detalle sin mucho asidero habida cuenta que más allá de cambiar de Liga lo lógico es que no deben quedar habilitados para actuar en su nuevo origen hasta tanto no concluyan en el actual. Por eso lo de revisar. Ahora viene la pregunta: ¿Qué culpa tienen los jugadores para que hayan sido sancionados preventivamente?

Es fácil decantar que con la suspensión a los jugadores se pretende castigar a Paysandú. Es decir los jugadores pagan los platos rotos del descuido, desatención, irresponsabilidad, negligencia, desconocimiento, póngasele el nombre que se quiera, de los dirigentes de la Liga sanducera que a sabiendas del impedimento reglamentario tramitaron la transferencia y no hay funcionario que valga que les quite responsabilidad como parte del proceso.

Es de cajón que la Liga de Paysandú tiene su parte de culpa pero esta culpa también le toca a O.F.I. en haber habilitado los pases. Por más que O.F.I. a través de su sección correspondiente quiera sacarse el lazo pretendiendo evadirse de su carga excusándose con el cuento de que en el sistema Comet de fichaje no le salta este tipo de situaciones como para frenar la tramitación. Defensa muy endeble. Se entiende que a O.F.I. le corresponde que antes de dar el visto bueno debe extremar todos los controles y si en estos casos el sistema no lo refuta, lo lógico sabiéndose el aspecto reglamentario, es ir a la lista de buena fe y corroborar si el jugador protagonista de la solicitud está inscripto o no.

De lo contrario es lo mismo que en un Banco se le pagara un cheque a alguien por el sólo hecho que este diga que tiene fondos o bastara para cobrar un 5 de Oro con ir a la Agencia de Quinielas y decir que le jugó a los números premiados.

En conclusión los hechos demuestran que estamos errados en pensar que en el fútbol los jugadores sólo están para jugar. Las evidencias nos dicen que también deben sobrellevar las irresponsabilidades de los dirigentes por mecanismos administrativos del que son ajenos por fuera del sentido o no del reglamento.

Alfredo Zaldúa (Semanario EL ECO/Mediacancha FM 89.1 Palmira Comunitaria/G.I.E.F.I.)

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