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Crónicas de Campito. ¡ La Pelota!

Crónicas de Campito Texto y dibujo: Alfredo Zaldúa

4— ¡LA PELOTA!

— ¡La pelota! —exclama sobresaltado el Gordo Ferrotti, sentándose en la cama. —
¡Anoche no traje la pelota!
Todavía sigue impresionado con la imagen y los quejidos de aquel hombre, para él,
tirado en un charco de sangre y que, cansado y todo como estaba, no le dejó pegar los ojos
en casi toda la noche.
— ¿Dónde habrá quedado la pelota? ¡Tengo que buscarla! ¿Y si está la policía?
Se pone la bermuda, una remera y porque no es cuestión de perder tiempo calzándose los
championes, para más rápido se engancha las ojotas saliendo de su cuarto poco menos que
corriendo.
— ¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo? — pregunta preocupada la madre al verlo cruzar por
la cocina a las ocho de la mañana; hora que en el Gordo, cuando de levantarse se trata, sólo
obedece a una situación extrema.
—Pero, si hoy es miércoles y no tenés gimnasia. ¡Mirá que no hace tanto calor para salir
así tan desabrigado! —agrega, aunque su hijo ya no está presente para escucharla. — ¿En
qué andará para que madrugue tanto?
— ¡Ya vengo! —dice desde afuera Ferrotti, montándose en la bicicleta con la que
empieza a desandar el camino recorrido en la nochecita anterior.
***
—Era por acá… ¿Quién la habrá agarrado?… Don, ¿no vio una pelota?
— ¡De dónde querés que vea aquí una pelota m’hijo! —le contesta don Mario, tomando
mate a la sombra de los plátanos de la vereda.
—Gracias.
***
—Señora, ¿Usted, por casualidad, no encontró una pelota?
— ¡Qué pelota ni pelota! Lo que yo quisiera saber es quién me volcó vino en la vereda
—le contesta Margarita sin dejar de refregar con la escoba el agua recién baldeada con la
que quiere quitar la mancha de las baldosas.
— ¿Vino? —pregunta Ferrotti con asombro casi sin darse cuenta. ¿No es sangre eso?
— ¿Cómo va a ser sangre? ¿No sentís el olor? Es vino y del más ordinario. ¡Sangre!
¡Mirá si va a ser sangre! ¡Ay! ¡¿Quién sabe si saldrá la mancha?!

Ante el descubrimiento de que aquel hombre estaba en un charco de vino y no de sangre
y que por lo tanto no estaba muerto sino borracho, sin disimular la risa, Ferrotti siente que
le vuelve el alma al cuerpo.
— ¿Y ahora de que te reís? ¡No seas atrevido, eh! —le rezonga Margarita en la creencia
de que el motivo de la risa es ella.
El Gordo sin percatarse de los rezongos de la vecina y ganado otra vez por la
preocupación de la pelota, cruza la calle de dos pedalazos. “La pelota. ¿Quién habrá
agarrado la pelota? Salió para este lado y cayó por acá” se dice mientras intenta reconstruir
los movimientos de la noche anterior.
***
— ¿Qué andás haciendo botija? —le pregunta don Bernardino, asomándose por la
puerta entreabierta después de que Ferrotti tocó timbre. —Si andás con alguna rifa a
beneficio de la escuela, ya compré ayer.
—Quería saber si no encontró una pelota en la calle.
— ¿Una pelota? ¿Cómo era?
—Y… así… tiene unas…
— ¿Era redonda?… A ver ché… —bromea el hombre, entrando otra vez por la puerta a
medio abrir, frente a los ojos desconcertados del muchacho.
—Yo encontré una llena de aire. ¿Será la tuya? — vuelve a comentar jocoso don
Bernardino mientras, ya de regreso, hace picar la pelota en el piso.
— ¡Sí! —contesta nerviosamente el Gordo, con la mirada iluminada y una sonrisa de
oreja a oreja.
—Yo calculaba que de don Mario no era y de Margarita tampoco. ¿De quién será?,
decía yo —se ríe Bernardino al aludir a sus vecinos y al ver la cara de alegría que tiene el
gurí.
— ¿De qué jugás?
—En la defensa.
— ¡Ah!… De defensa ché… Mirá vos… Bueno, tomá. — hace un leve envión con el
brazo y la pelota cae en las manos de su dueño.
—Gracias.
— ¡Hay que tener más cuidado! —comenta el hombre en una recomendación que queda
en la nada porque Ferrotti, con el tesoro recuperado abajo del brazo, ya va pedaleando por
la esquina. (Continuará)

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