TODO INTERIOR
Crónicas de campito. «La Pisada»
Por Alfredo Zaldúa
1 — LA PISADA
Igualito que en las películas cuando los “comboy”, como dice Luis, aparecen prontos para un duelo, están frente a frente.
Van al encuentro con pasos calculados. Por un instante uno de los “duelistas” tiembla con el titubeo del equilibrista que, a punto de caer, recompone su postura en el alambre tensado.
Todas las miradas están fijas en cada paso de los contendientes que, haciendo tocar el talón derecho con la punta del pie izquierdo y viceversa, marchan en busca de empezar a resolver el pleito. La distancia se acorta.
El Colita, desconocedor de la importancia de este acontecimiento, hace fiestas. Para eso es perro; además de ladrar, mover la cola y tirar algún tarascón llegado el caso, aunque ahora nadie le dé corte. Es más, corre el riesgo de que alguno lo mande a la “cucha” por pesado, porque todos están pendientes de la cuenta regresiva. Se acercan… Tres… dos… uno… cero…
— El Toño juega conmigo —habla el Gordo Ferrotti, después de haber depositado su “champión” del 40 sobre su similar aunque más chico, tal vez un 34, de Perico.
El Gordo ganó la pisada y obtuvo el privilegio de empezar con la elección de jugadores. No es que Ferrotti sea de los mejores como para capitanear a uno de los cuadros, pero reúne una condición irrebatible: es el dueño de la pelota, una número cinco de verdad. Además hoy, junto con Perico, fue de los primeros en llegar, otro detalle tenido en cuenta para dar derecho a ser uno de los capitanes.
Perico toma su turno. Esa fracción de segundos que demora en elegir, para el resto que espera es una eternidad. Todos quieren ser el siguiente aunque sean conscientes de que ahora, para este partido, Ferrotti por haber elegido primero, tiene dos ventajas. Una, que se llevó a Toño, que es de los mayorcitos de la barra, la mueve como los dioses y tiene más experiencia porque ya alterna en un equipo de la Liga Oficial. La segunda, que el número de jugadores es impar, lo que significa que hasta que llegue otro, el equipo de Perico tendrá que jugar con uno menos. Nadie cuestiona esto porque es de ley que, aunque sea desparejo, todos los que están tienen que jugar. Pero, aún en desventaja, ser de los primeros seleccionados es seña de que uno tiene cierta categoría porque la elección se hace, como es lógico, de mayor a menor en la escala de “virtuosismo futbolístico” al decir de algún comentarista.
—Nando, vení.
—Esteban, conmigo al arco.
—Vos Felipe, con nosotros.
—Jorge pa’ mi lado.
—Rodríguez.
—Pancho.
Así, como también es de ley, el Gordo y Perico, se van alternando en la elección.
Quedan prontos. Cinco contra cuatro y pelota al medio.
—Movemos nosotros que tenemos uno menos —hace acuerdo Perico, por las dudas, poniendo la pelota en el imaginario centro de la cancha.
Ferrotti asiente porque el reglamento de honor, ese que aunque no esté escrito en ninguna parte, desde quién sabe cuando así lo pacta y hay que respetarlo sin inútiles discusiones.
Está todo listo para, siguiendo el estilo de algún relator, “iniciar el partido con tribunas repletas”. Los ligustros que se mueven por el viento atrás de uno de los “arcos” y a un costado de la cancha, en la imaginación de los craks de este clásico inédito e irrepetible, en cada una de sus ramas representan las tribunas y las hojas son las cabezas de los enfervorizados hinchas. No hace falta nada más.
Perico, sin preocuparle demasiado que su cuadro tenga un jugador de menos, con un pie sobre la pelota espera a que el golero contrario tome posición. Después de todo, el Gordo que, acotación al margen, pese a su físico no es del todo malo para el fútbol, se cansa enseguida y cuando se cansa se calienta y cuando se calienta lo pasan como a un poste, haciendo de cuenta que ellos, es decir los otros, también juegan con uno menos. (Continuará)
