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Crónicas de campito. «Las medias nuevas»

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CC Ilus Las medias...

Crónicas de campito                                                   Texto y dibujo: Alfredo Zaldúa

2—LAS MEDIAS NUEVAS

 

El partido está 6 a 5 a favor del equipo de Ferrotti. No llegó nadie más por lo que esta tarde, obligado por las circunstancias, el cuadro de Perico está jugando todo el partido con uno menos y, para colmo, contrariamente a lo que él había pensado antes de empezar, el Gordo no se cansó y anda clarito.

Ya queda poco sol y Perico y los suyos no consiguen el empate. Se juega de corrido hasta que ya no se vea más. El sol es el cronómetro y como una pelota de fuego impulsada en tiro de  “emboquillada”, marcha implacable a perderse atrás del horizonte. Ferrotti, cuidando la ventaja, frena los ataques contrarios sacando de primera, fuerte y lejos.

El cuadro de Perico pierde y además de jugar con uno menos, le anularon un gol que para él fue “golazo al ángulo”, pero para el Gordo Ferrotti fue “pelota afuera por arriba del travesaño”.

Cada cual imagina a su medida el tamaño del supuesto arco. Con un medio bloque a un costado y una varita clavada al suelo del otro, donde irían los postes verticales, sólo el ancho es medianamente señalado. La altura del horizontal se calcula a ojo.

 

— ¡Fue golazo! —había gritado Perico. — ¡Golazo al ángulo!

— ¡No seas chancho! —le increpó Ferrotti. — ¡Pasó altísimo!

 

Dentro de lo que también indican los códigos del campito, habían discutido un rato entre los capitanes buscando dirimir el dilema reglamentario.

 

— ¡Qué va a ser alto si pasó acá! —fue la réplica de Perico, corriendo hasta el arco rival, marcando con su brazo estirado hacia arriba la altura a la que, según su criterio y conveniencia, había pasado la pelota.

— ¡No, no, no! —insistió Ferrotti. — ¡No mientas! ¡Pasó más alto!

 

Que no, que sí, que por acá, que más arriba.

 

— ¡Fue más alto y pasó por el costado! —sentenció el Gordo, que en principio había dicho “afuera por arriba del travesaño”. ¡Así no jugamos más y vayan a buscar la pelota que fueron ustedes los que la patearon! —concluyó mientras se sentaba en el suelo a esperar.

Entre que Juancho fue para volver con la pelota, Perico resignado acordó:

—‘Ta bien. No importa. Te lo regalo. Les vamos a ganar igual.

 

A decir verdad, el Gordo tenía razón. Esteban, el Flaco para la barra, que además de ser alto es buen golero, se había estirado todo lo más que pudo, que es decir mucho, y no estuvo ni cerca de tocar la pelota.

Todos esos minutos de discusión son los que ahora, buscando el empate, le hacen falta al equipo de Perico. No hay minutos adicionales. Se acaba la luz y, junto con ella, se termina el partido.

 

— ¡Gurises! ¡Gurises! ¡Miren lo que me regalaron! —grita Beto, que llega al campito casi sin aliento, haciendo que se interrumpa un saque de costado.

Saltando en una pierna con la pretensión de seguir corriendo, intenta simultáneamente levantarse a mitad de “canilla” las flamantes medias de fútbol que, con la carrera, se le han ido a los tobillos.

— ¿Para dónde pateo? —pregunta sin dar ni pedir respiro.

Siente ansias de poder estrenar su regalo como corresponde que para eso, y antes de que se le hiciera más tarde, ha corrido sin parar desde su casa hasta la canchita.

 

Los demás, sobre todo los del cuadro de Perico, no le dan mucha bolilla a la novedad. No pueden perder tiempo. Ahora lo que vale es el partido. El recién llegado tiene que jugar con el que está en inferioridad numérica.

 

—Con ellos. —responde Ferrotti, reubicándose al borde de su imaginaria área penal.

— ¡Perdemos 6 a 5! ¡Ponete bien adelante! —le ordena Perico, mientras se dispone a reanudar el partido desde el lateral.

—El que hace el último gol gana —propone gentilmente el Gordo, haciendo uso de otra de las opciones del añejo código de juego a la que a veces, algunos capitanes recurren caballerosamente para con sus ocasionales rivales.  Una especie de lo que llaman “gol de oro” pero que, para la vieja historia del campito, no existe la necesidad de que el resultado esté empatado. Una variante que le da más emotividad a la definición del partido. En resumidas cuentas, lo que importa es jugar.

Perico recibe la oferta como un favor por el gol que, según él, le anularon mal pero también como un desafío.

Viene el saque de costado. Perico para Fernando, el Nando para Rodríguez que otra vez se la pasa a Perico. Perico se va por la punta, el Gordo queda por el camino; centro rasante hacia atrás, el Flaco Esteban se tira, no consigue cortar, Beto entra por el medio, ¡el arco libre!, ¡Está!.. ¡Está!.. ¡Está!…

— ¡Ga – naaa – mos! ¡Ga – naaa – mos! —empiezan a corear anticipadamente  Perico y los suyos.

—¡Beto! ¡¿Qué hacés?¡ —grita Perico desilusionado, al ver que el compañero recién ingresado,  entretenido en levantarse las medias, se frena en la carrera mientras la pelota, dando saltitos entre los espartillos, se pierde afuera por el fondo.

 

El sol da por terminado el partido. El Gordo Ferrotti, seguido por sus compañeros de equipo, con un dejo de ironía, al canto de ¡Dale campeóoon, dale campeóoon!, simula dar la vuelta olímpica.

 

—¿Son lindas verdad? —pregunta Beto, señalando las flamantes medias rayadas en aros rojos y verdes que igual se distinguen prolijamente  esplendorosas, pese a que ya caen las sombras de la nochecita. Ninguno de sus compañeros le contesta. Apenas algún gesto de enojo más simbólico que real porque, después de todo, mañana será otro día y habrá revancha.

 

 

 

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