Crónicas de Campito. «El Muerto»

Crónicas de Campito                               Texto y dibujo: Alfredo Zaldúa

 

 

3—EL MUERTO

 

El Gordo Ferrotti se pone la pelota abajo del brazo  izquierdo. Agachándose a medias, con la mano derecha levanta una piedrita, de esas que siempre quedan de resaca en las cunetas, y la tira intentando que haga sapito en la calle vacía. El Colita,  con ladridos de fiesta, corre atrás de la piedra.

 

—Vamos Toño —invita el Gordo.

 

Las sombras que caen sobre el campito, marcan el regreso. Cada cual para su casa.

 

—Mañana venimos –anuncia Toño.

 

Anuncio innecesario si los hay. Todos saben, sin ser preciso programarlo de antemano, que mañana volverán. Pese a saberlo, siempre alguno, como Toño en este caso, se encarga de reafirmar el compromiso. La gurisada se va desparramando con paso cansino. Perico y el Flaco Esteban salen calle abajo.

 

— ¡Mañana te doy la revancha! —grita Perico para que escuche Ferrotti.

— ¡La revancha te la doy yo que te gané! —responde Ferrotti, sin gritar menos, a la vez que tira otra piedra para festejo del Colita.

     — ¡Te ganamos! —reafirma a viva voz Jorge, parado en la esquina donde, mirando a los demás alejarse por sus respectivas calles, demora perezoso su vuelta solitaria.

 

“Mañana te doy la revancha” es una arenga que no sirve para otra cosa que revolver en lo reciente. Como siempre, la pisada habrá de ser quien diga si Ferrotti y Perico vuelven a estar frente a frente o, por ahí, hace que jueguen de compañeros.

 

Toño, imitando al Gordo, también tira una piedra que de pura mala suerte va a dar contra un portón de chapa y obliga a que Ferrotti, cansado y todo, salga corriendo mientras deja oír un agitado: “¡No seas “abombao”!”, que tiene por destino los oídos de Toño.

Por las dudas de que la pedrada en el portón traiga mayores consecuencias, Rodríguez y Pancho se distancian. El Colita corre y ladra a la par haciendo fiestas.

Poco a poco, el grupo se recompone del desorden y se entremezclan las conversaciones.

La luna, a pleno, deja la noche como de día.

Entretenidos en sus divagues ya llevan caminadas algunas cuadras. De pronto, se escucha un quejido ronco que no se sabe bien de dónde sale. Los árboles, tupidos de hojas, ensombrecen la vereda amortiguando la luz del foco que está a mitad de cuadra.

Ferrotti está seguro que todos han escuchado lo mismo. A medida que caminan la queja se hace más nítida. El Gordo, nerviosamente, hace picar la pelota en la vereda con tan mala suerte que, por culpa de una baldosa rota, el rebote en falso la manda a parar al medio de la calle, oportunidad para que el Colita corra ladrando atrás de ella intentando morderla.

El quejido crece. El Gordo amaga a salir corriendo, no se sabe si en el intento de ir a buscar la pelota o de miedo.

— ¡Shhhhh! —pide silencio Rodríguez, con un chistido tan ruidoso que deja a  Ferrotti duro como una estatua y al resto en crecida alteración.

La queja sale de ahí. ¡De ahí nomás!

En la confusión casi se llevan por delante un bulto indefinido tirado en la vereda, que apenas puede verse entre la negrura de las sombras. Los cinco gurises quedan perplejos. Pese a la media luz, se distingue que desde el bulto uniforme sale un hilo líquido que se ensancha hasta formar un charco oscuro. El Colita lo olfatea, gruñe y lame entusiasmado, oyéndose nítido el chasquido de su lengua.  

El Gordo Ferrotti sale de su estado de estatua. Es el primero en reaccionar porque, menos el perro que sigue lamiendo goloso, los demás sin atinar a dar un paso se mantienen estáticos al lado del bulto.

Un nuevo quejido, seguido de indescifrables sonidos guturales, acompasa el movimiento de un brazo cuya mano palpa temblorosa sobre la gabardina manchada, dándole características humanas a lo que, hasta recién, no era más que un bollo.

— ¡Pahhh! ¡Está muerto! —grita sobresaltado el Gordo y sale corriendo.

— ¡Sííí! —aprueban a coro los otros y sin demora ni acuerdo alguno, hacen las de Ferrotti y, en menos que canta un gallo, no queda ninguno en el lugar.

 

Ya están todos muy lejos para poder ver y escuchar al “muerto”. Entre rezongos, hipadas y eructos, intenta incorporarse. A duras penas consigue sentarse en la vereda. Confundido, hace un ademán de rascarse la cabeza. Instintivamente mira con el propósito de reconocer la geografía que lo rodea. Con movimientos toscos pasa una de sus manos por la mancha húmeda de la gabardina.

—La pu… ta… Se me… vol… ¡Hip!. có el vino…, cara… ¡Hip!.. jo… —dice entre dientes, con voz aguardentosa y arrastrando la lengua.

 

Una botella de plástico, aplastada, casi vacía, yace a un costado del hombre sentado.

La pelota descansa contra el cordón del otro lado de la calle solitaria.

El Colita, tan lejos como los muchachos, quiere echarse en su cucha aunque, por ahora y a los tumbos, no hay manera de que la encuentre. (Continuará)

 

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