Historias mínimas

Foto Fanny Ruetalo
Foto Fanny Ruetalo

Florida campeón del interior

Hasta ayer yo no sabía quién era Pablo Solarz, pero si sabía quién era Carlos Sorín, el director de la muy buena película «Historias mínimas», a quien me hubiese gustado pedirle que me tirara unas líneas para escribir esto. Pero claro, el guionista era Solarz y no lo pude ubicar más que en IMDB, donde averigué que ahora también era director, así que me mande solo.

Es 1975 y no viajé en los asientos delanteros del De Lorean, el auto creado en 1981 y utilizado en la trilogía de «Volver al futuro».

Apenas tomé del pico de la botella, casi un cuarto litro de Gatorade, señorita, como profilaxis de la deshidratación y del cuadro de agobio del penúltimo día de 2013 al que creo que he llegado caminando y sin utilizar las artes del doctor Emmet Brown.

Es 1975 porque soy un liceal recién iniciado, porque fue en ese verano que nos mudamos para la casa del Águila, porque en la panza de mi madre se dejaba entrever la irrupción en meses de mi hermana menor.

Es 1975 porque desde aquel caluroso diciembre de 1974 instalado en la casa de mi abuela en Florida, que es mi casa cada día que vuelvo a mi pueblo, he ido a ver todos y cada uno de los partidos de la albirroja. Mis tíos Mario y Juan se han encargado de que no caminara solo por Independencia hasta el Campeones Olímpicos, que a la vuelta no me falte el chori con gustos de La Cachila de Pepe, de saludar a Palito Puchero, de comprar unos mojarreros nuevos en lo del Chivo Romero, que con el Gordo Rodríguez me hablan de fútbol, igual que el Gallego Suárez, que tiene la puerta de la sastrería abierta.

Es 1975 porque la Perla me ha comprado mis primeros Adidas de la vida, de cuero blanco con las tres tiritas rojas, en lo de Nelda, que es la esposa del Gallego.

Es 1975 porque con un fútbol que es un vendaval, dirigidos por Mario Patrón y con el más grande futbolista que piso las canchas en Florida, el Pato Jorge Omar Ferreri, que entre otras cosas de la selección uruguaya, vino a la selección de Florida y de la selección se fue a San Lorenzo de Almagro. Florida había sido campeón del Sur y ahora iba por más, por repetir la hazaña más grande, la de 1966. Aquel equipo hipnotizaba mis noches en el estadio, y me gustaba más pararme en la escalinata corredor que en la platea. Conducía a mis héroes rumbo al portón de la gloria. Siento el armonioso y seguro ruido de los tapones contra las baldosas, el perfume a linimento y aquellas ya húmedas camisetas de juilliard con el número bordado a la espalda, innecesario para saber que ése que saca el pecho para adelante, con jopito, que hace picar la pelota blanca con aire de crack es el Pato, que el de las patillas es el Garrincha Carbajal, que el de peinado apretadido pero cuidado es Saco Viejo, que el del paso serio y seguro es el Negro Fleitas, que el de buzo verde y pelota bajo el brazo es Pastorino, que vuela de palo a palo, y la guinda siempre queda imantada, pegada en el pecho verde.

En 1975 Florida no sólo fue campeón del Sur de 1974 sino que avanzó en cuartos de final y semifinales hasta definir con Paysandú la copa del mejor.

Yo sé que es 1975 porque justo las finales vinieron a caer en Semana de Turismo, justo a mi abuela se le ocurrió ir a visitar a una de sus hijas a España después de cinco años sin verla, ¡y justo a mis tíos se les ocurrió no estar!. Acá viene el otro justo que ahora puedo exorcizar: justo a mis padres se les ocurre que este gurisito no puede ir a la Cita de Agraciada y Mercedes, bajarse en la Cita de Florida, ir caminando con cuidado por Independencia hasta el estadio para ver la final, volver cantando bajito hasta la casa de abuela y quedarse solo, que no va a pasar nada, ¡si vos tenes llave, mamá!

No, no y no, y nunca pude saber cómo iban, cómo salieron, qué habría pasado, hasta que, a la mañana siguiente, y con toda la carga del desasosiego de una semivela incómoda y desequilibrada, con la angustia del realismo mágico que cualquier alquimista de tribuna puede lograr, revisando con fruición las páginas de El Día, me enteré de que habíamos perdido 2-1.

Eso fue en 1975 y ya no volverá, nunca pude ir a aquella final.

Nunca.

Los hijos de la gloria
Ahora es diciembre de 2013 y desde hace 15 días sé que en el Campeones Olímpicos, Florida y Paysandú van a jugar una final del interior, aunque, claro, una final de muchachos, de niños, de adolescentes. Es la final de la sub 15 y me agendo como cita impostergable estar en el estadio esa noche. Sé que es otra cosa, sé que los padres de estos niños, cuando no pude ver esa final, recién estaban empezando a caminar, y a lo sumo una de las futuras madres estaría estrenando túnica en la escuela Artigas o en la Varela.

No necesito contarle nada a nadie, ni a mis padres, ni a mi amor, ni al más chico de mis hijos que me acompaña, sin saber que lo estoy iniciando en los talleres de la búsqueda de la gloria, del perfume de las noches de verano, de la madera de las historias mínimas, la razón por la cual se hace impostergable para siempre mi presencia en el viejo y siempre grandioso estadio.

Las tribunas rebosan y nos sentamos en las escaleras. Estos niños -los que ahora visten la albirroja y la blanca- seguramente apenas saben de la leyenda del Pato, del Bocha Satriano, del Gordo Daglio, de Saco Viejo, pero fenotípicamente tienen los mismos lineamientos del fútbol. Los de Florida, que son, además, los que tienen que revertir el marcador, son todo ganas, fuerza, más ganas y más sueños. Los sanduceros destilan calidad en su fútbol, toque, velocidad y las mismas ganas, los mismos sueños.

Te juro que no debe haber tantas diferencias con un enfrentamiento entre representativos seleccionados de Paysandú y Florida de los 90, los 70 o los 50. Los que juegan lo saben o creen que debe ser así, los que están en la tribuna lo decodifican casi al ver las camisetas, en la primera corrida del rápido sanducero, en el primer cabezazo con todo el carromato puesto del back derecho de la Piedra Alta.

Estos guachos, como muchísimos de nosotros, como cientos, como miles, como cientos de miles de nosotros, viven para jugar y no juegan para vivir, como dijera Jerónimo Roca en su columna «Morena, siempre Morena».

El espectáculo es cautivante: los chiquilines juegan la final, su final del mundo, y en la tribuna locales y visitantes, lado a lado, sin vallas y con bombos y redoblantes. Vivir para jugar. Todos los días, en cada vereda, en cada cacho de esquina, ahí donde hay un pedacito de pasto despejado, se juega una final del mundo. Juegan, jugamos y jugamos a que somos nosotros mismos y alguien más. En este caso esos chiquilines ya saben además que son sus pueblos, aunque los diarios no los pongan en la tapa, aunque no salgan en Pasión, aunque Kesman no los nombre, y el pueblo a esta altura ya empieza a saber quiénes son esos gurises; por eso tal vez ni siquiera fue necesario el auto parlante de Wilde Bracco quemando decibeles a la hora de la siesta, anunciando con una marchita de transmisión de Canal 10 de los 70: «¡Este sábado, todos al Campeones Olímpicos a presenciar la final del interior de sub 15!»

Cuando moría agosto, 40 representativos de más de 40 pueblos y ciudades empezaban este camino que iba a finalizar con la copa en alto.

Los de la heroica habían conseguido ganar -y golear- en 13 de los 14 partidos que habían jugado antes de las finales, y los floridenses habían ganado 8 y empatado 4 , llegando a una goleada de 10-0 ante Cerro Chato. Florida recién perdió el invicto en Paysandú al caer 3-2 la primera final, y Paysandú vino a perder el invicto en el último partido.

Florida necesitaba una victoria para ir al alargue y definir. Paysandú, que en la ida había ganado 3-2, sólo necesitaba un empate, y ni hablar de un triunfo, para alzar la copa. El primer tiempo finalizó 1-0 para los de la Piedra Alta. Buen juego, muchas ganas y muchísima vitalidad.

La segunda parte ya vino de planchada para los floridenses, que en la tribuna exigían, demandaban, aconsejaban como adultos a los muchachos que jugaban. ¡Tas loco, muchacho! Esto es pa’ pocos. Ser campeones del interior es para pocos y para siempre, sin importar si dentro de dos años ya no juegan al fútbol o se van a estudiar a Montevideo o empiezan a trabajar en la carnicería de la esquina.

Yo, quietito en la tribuna. No digo nada, pero siento que se vienen, se vienen y se vienen, hasta que por decantación pasa lo que el solo ejercicio de mi vida me había anticipado: empata Paysandú y se llevan el campeonato. Otro viaje al pasado: explota la parcialidad sanducera, gritan como locos, se van contra el alambrado y del otro lado les contestan con un incipiente «Y dale / y dale/ Florida / dale, dale». Los adultos empujan: «¡Vamos gurises, que se puede!» Y los liceales pueden, y al minuto se ponen 2-1 y explota el estadio. Los chiquilines sanduceros responden, son una maravilla, un alarde de técnica y velocidad, mientras que los floridenses echan los bofes de punta y afuera para atravesar la tranquera del partido que lleva la gloria al alargue. Facundo Epíscopo, un zurdito sanducero, dueño de toda la franja, maravilla, mientras que Tomás Pérez, pura picardía en ataque, es la llave de los floridenses. El pitazo final libera y renueva tensiones. El alargue empieza de cero, y va a terminar 2-2. ¡5 goles en el alargue! En dos ocasiones, Florida consigue 2 goles de diferencia: 2-0 en el primer chico y 3-1 en el segundo, pero hasta el último instante la blanquita quiere y casi puede. Los dirigidos por Marcelo Rotti, el campeón de América con Peñarol en 1987, no renuncian hasta la última de las últimas. Gana Florida, y siento y digo que esto es para pocos.

Volver al futuro
Estoy en 2013, es 28 de diciembre. Florida es campeón del interior. Son pocos y es para pocos: ocho veces, contando a todas las selecciones, dos veces los mayores y seis los juveniles, las dos últimas con Jorge Benoit del otro lado de la línea, en 2006 en sub 15 y en 2007 en sub 18.

Estoy en 2013, las bicicletas están apoyadas en los viejos muros del estadio, las honditas ahora son yumbos, los panchos siguen siendo superlargos y el medio tanque sigue estando en la media ubicación.

Es 2013 y esos niños, jóvenes, adolescentes, que viven para jugar se entreveran en un increíble abrazo de ganadores y perdedores, y por eso cuando los sanduceros reciben la copa de vicecampeones el estadio los aplaude a rabiar, y más te emociona cuando Florida recibe la del campeón con los sanduceros aplaudiendo al lado.

De otro tiempo, de este tiempo.

Vivir para jugar.

Rómulo Martínez Chenlo

Publicado en La Diaria http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/12/historias-minimas/

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