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Sarandí Grande

«Llamadas de Polanco»

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EL SONIDO DE LA PELOTA

Picaba la pelota en la cancha de Polanco y era como una «llamada de tambores».

Según cuentan los historiadores, las «llamadas» tienen origen por el siglo XIX cuando las comparsas se iban convocando con el sonido del tambor y alentaban a otros tamborileros a unirse a los grupos que llegaban en ocasiones a tener unos 300 integrantes.

«La llamada de Polanco» era sentir el pique de la pelota en la cancha, el remate de sobrepique para que el único balón de cuero con que se contaba en el pueblo, tomara altura y cuando golpeara en el verde césped, sonara más fuerte.

Así de una y sin otra convocatoria, sin mensajes de whatsapp, instagram, ni facebook, menos aún de una llamada de teléfono a magneto ya que los únicos dos teléfonos del pueblo estaban en lo de Ismael López Nuñez o Luis Puro Camarano y que yo recuerde, ninguno de los dos eran hombres de fóbal.

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A caballo, saltando alambrados del local de Sinforoso, corriendo otros, algún adelantado en bici y ni te digo si «el mincho» llegaba en moto. Todo el mundo paraba, se daba vuelta a ver que era ese sonido

La pelota y siempre la pelota era la que retumbaba en los oídos de grandes y chicos que de a poco nos acercábamos en tardes de invierno o verano, para darle hasta que la luna alumbrara pues era ella la que tocaba el pitazo final de una tarde de emociones y que nos hacía soñar con volver al otro día aunque el dueño de la pelota se enojara porque esa tarde no ganó.

Empezaban tirándola para arriba, costumbre que se hizo popular cuando el cuadro entraba a cualquier escenario de la Liga de Sarandí Grande y al ingresar al terreno, con tremendo pelotazo hacia arriba rumbo al medio de la cancha la reina volaba rumbo a las nubes con el grito al unísono de POLANCO NOMÁS.

A medida que iban llegando los jugadores de edades heterogéneas ya que que podías tener 5 o 30 años y nadie te iba a decir que no jugaras. Te decían vos para acá y aquel para allá, descalzo, de alpargatas o hasta de botas de montar. Algunos tenían championes y hasta botines de fútbol con tapones!!!

Si eras chico, primero tenías que alcanzar la pelota que se iba lejos, para de a poco para completar, ir al arco haciendo que el número fuera igual para ambos equipos. Cuando te tocaba de golero, los grandes te informaban para tu conocimiento cual eran la reglas principales del juego que de no observarlas, podías correr riesgo de no volver a entrar a la cancha.

-No podés llorar si te pegan un pelotazo.

-No podés llorar si te pegan una patada.

-La más importante; si le contás a tu madre que te pegaron un pelotazo o lloraste, no venís más a jugar.

Era todo seguido al pie de la letra y quedaba el 3er tiempo que cuando terminaban aquellas horas de jugar a la pelota, faltaba el baño en el Río Yí, donde un grupo de jóvenes imberbes se subían al sauce más alto para clavarse en las aguas azules del caudaloso.

Pero volviendo a las llamadas con pelota, cuando se iban acercando, uno echaba centro y los otros entraban a cabecear -sin oposición- y el que hacía el gol iba al arco. Después se formaban parejas para cabecear, para atajar y ni te digo si estaba el arco armado, era todo un acontecimiento!!

El arco era desarmable, dos verticales de madera pintados de blanco con una muesca arriba donde se colocaba el travesaño que con un bulón chato para el frente y una tuerca al fondo se tornillaba con gran celeridad.

Luego de montado -en el piso lógicamente- entre tres se iba levantando para que en unos huecos rebocados de portland, hechos en el campo con la medida exacta se colocaba el arco con travesaño y los días de partido colocábamos las redes, marcábamos la cancha con cal. Tirábamos unos tiros para cerciorarnos que las grampas sujetaban la red en la forma adecuada.

El campo de López vibraba a cada tarde, los arcos que tenían su lugar ya que el de la bajada tenía una marca distinta, la pelota zumbaba. Éramos felices, era otro tiempo.

Ese tiempo pasó, la pelota dejó de picar, ya no corremos en la cancha, no hubo más «llamadas de Polanco».

La pelota se pinchó, los arcos se guardaron en el galpón de Heriberto, donde no se tuercen. Esperan el pique, el sonido mágico, que vuelvan los niños, que no están y se fueron para no volver a sentir el llamado de la pelota.

Quizás «el Seco» o «Lascombe» tengan la pelota guardada esperando que lleguemos a ese partido que al final, será el reencuentro de todos. Con «el Indio», «el Pelado, con «el Manso y su acordeón» «Tatín» y muchos más.

El Vasco, Purrete, Morroco, Perico que gritaba » talón Casimiro» , el viejo Marco, Chacho, Correa, Gumersindo, Luquilla, Wilmar, el viejo Abreu, el Tata Pedro, el loco Arturo Lázaro, Machito y Potuco Gabard que junto a Ramona que lavaba las camisetas, estarán allí junto a muchos más, al lado del alambrado de un solo hilo esperando que esa música inconfundible se vuelva a oir.

Ya volverá a picar de nuevo y allí estaremos.

Jorge A. Benoit Assanelli

Foto de portada. Negro y Manso Berrondo, Marquitos y Camejo.

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